Espectáculo
Daniel Dalmaroni y Héctor Díaz, el humor bien entendido


(El Tinglado, Mario Bravo 948, lunes a las 20)
La obra aprovecha ese juego del absurdo que Dalmaroni impone en sus historias, con una verdadera familia «disfuncional» y la acción situada específicamente en el 19 de julio de 1969, en vísperas de la llegada del hombre a la Luna, contiene un gran malentendido entre un hijo astronauta (Patricio Paz) y sus padres (Patricia Echegoyen y Alfredo Castellani).
El tema es que el muchacho regresa a su casa del barrio de Barracas desde Cabo Cañaveral tras haber sido descartado como acompañante del trío Armstrong, Collins y Aldrin, pero lo hace con el rostro cambiado por una cirugía estética y una valija, donde según parece hay documentos que evidencian razones de seguridad para esa modificación faciales.
Es que corren los tiempos de la Guerra Fría y la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética por la carrera del espacio, pero los padres prefieren creer que es un simple ladrón que entró en la casa, negándose a bajar la imagen de su propio hijo triunfador, que debe estar sin duda alguna en dependencias de la NASA.
En ese juego de desconfianzas y simulaciones, el recién llegado anuncia que lo que se verá en la pantalla de ese televisor -que recibe al espectador con publicidades de época- no será el descenso de los astronautas sobre el satélite sino una filmación arteramente preparada, mientras el padre y la madre, cada cual por su lado, eligen qué parte de la narración creer.
El director Santiago Doria es un todoterreno que puede conducir delicadezas como «Gertrudis» o «El lindo don Diego», ambas actualmente en cartel, o ingresar airosamente al sainete criollo con «El conventillo de la Paloma» o «Los disfrazados», y en este caso repite la enorme virtud de manejar la pieza y a sus criaturas con un esmero admirable.
Dalmaroni y Castellani habían hecho una efectiva dupla en «Vacas sagradas», porque el primero conoce los resortes de la comedia y el segundo es un comediante formidable, y aquí repiten la hazaña, compartida con Echegoyen, que revela una vis cómica notoria, y con un Paz que pasa del absurdo a la tragedia junto a la pieza, que tiene un elocuente gag verbal al comienzo y termina en una desolación como la que enarbola el título.
(Espacio Callejón, jueves a las 21)
La obra marca un auspicioso debut de Héctor Díaz como autor y director, para describir la maquinaria que utilizan los medios televisivos para elaborar sus historias y fabricar un éxito público.
Hay un autor de teleteatros (Gerardo Chendo) que ofrece ideas a un productor que las desecha (Rubén de la Torre), una secretaria entrometida y con varios secretos (María Inés Sancerni) y otro productor, omnipotente y malhumorado (Javier Niklison) sumidos en la incertidumbre, hasta que aparece una «influencer» adolescente (Luli Torn) que con su dominio de las redes y su impulso adolescente toma inesperadamente las riendas de esas vidas.
Con recursos que por momentos parecen extraídos del cine mudo, Díaz impone a su comedia un tono zumbón, con oídos atentos al habla de cada generación -hay una colaboración autoral y un conato de romance entre el libretista y la joven-, y hace rendir a su elenco del modo más efectivo, con momentos de auténtica hilaridad.

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