Ciudad
La leyenda de la Casa de la Palmera: muertes inesperadas, cuartos clausurados y un supuesto fantasma


“Las siete muertes de la Casa de la Palmera”. Eso aparece en Google Maps cuando uno busca “Casa de la palmera”, a secas. La ubicación adherida a la tragedia. A esa propiedad también se adhirieron leyendas, presuntas inspiraciones literarias, más de un siglo de historia, desgaste, persistencia del siglo XIX rodeada de vecinos racionalistas.
La casa de Riobamba 144, en el barrio porteño de Balvanera, lo tiene todo para contar una historia de terror: dos muertes, toda una familia con finales trágicos, una palmera que tapa lo que ocurre, una construcción de diseño laberíntico, hogares de ladrillos, cuartos cerrados. El mito que nace cuando en la historia hay vacíos.
La muerte signó la casa casi desde el vamos: Catalina Espinosa la compró después de que falleciera su esposo, el doctor Galcerán, una de las 13.000 víctimas del brote de fiebre amarilla de 1871. Muerta Catalina poco más de un siglo atrás, sus seis hijos cerraron su cuarto con llave tal como estaba y nunca más volvieron a abrirlo. Dos murieron en la propiedad. Uno, en circunstancias dudosas.
La viuda Catalina Espinosa de Galcerán compró la casa, intacta hasta hoy, a fines del siglo XIX . La heredaron sus seis hijos, que tuvieron muertes trágicas. Foto Lucía Merle
Elisa era la única hermana mujer. También, la única devota practicante. Y la que los sobrevivió a todos. Cuando murió su madre, ella se hizo cargo de la casa, mientras sus hermanos estudiaban o, cuenta el lado B de la leyenda, derrochaban la herencia en fiestas y alcohol. A pesar de todo, se recibieron. Eran un médico, un ingeniero, un abogado, un escribano y un arquitecto.
La historia más difundida dice que los cinco varones fallecieron de improviso: uno por un infarto en un partido de tenis, otro ahogado cerca de un velero, otro en un choque en auto y uno más en un duelo. Uno de ellos murió en uno de los dormitorios de la casa, junto a una mucama con quien compartía las sábanas. La versión por aquel entonces fue que se habían intoxicado por un brasero.
La escalera hacia el sótano, el último cuarto que ocupó un integrante de la familia Galcerán. Foto Lucía Merle
Elisa era taquígrafa y trabajaba en el Congreso de la Nación. Todos los días iba a la Parroquia Nuestra Señora de Balvanera. Pero un día de 1992, Elisa faltó a misa: la encontraron muerta, en el sótano de la mansión. Ahí había mudado su dormitorio.
Cada vez que un integrante de la familia moría, su cuarto era clausurado tal como había quedado. Foto Lucía Merle
El resto de los cuartos estaban cerrados: los había clausurado a medida que morían sus ocupantes. El mito reza que no aprobaba el estilo de vida de sus hermanos, contrario a su austeridad. La imaginación sostiene que ella tuvo algo que ver con sus muertes, un punto jamás comprobado.
Hoy esos cuartos están abiertos: en el lugar funciona la redacción de La Izquierda Diario y el Instituto de Pensamiento Socialista Karl Marx. Foto Lucía Merle
Ahora esta residencia late a otro ritmo y con otro rol. De muestra de opulencia familiar pasó a ser sede de creación colectiva. De lugar donde la historia se cosió entre huecos informativos, a espacio donde los datos circulan por dentro y hacia afuera, en forma de medio de comunicación.
Es que sus seis ambientes y terraza se reparten entre la redacción de La Izquierda Diario, estudios de grabación de radio y TV con pantalla verde incluida, el Instituto de Pensamiento Socialista Karl Marx con su librería, el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky con su biblioteca. La casa ganó otra energía. Pero la de antaño no se borró.
La librería del Instituto de Pensamiento Socialista Karl Marx. Foto Lucía Merle
“Está declarada patrimonio histórico, así que no podemos tocar la fachada. Y para algunas remodelaciones tenemos que pedir permiso. Es una casa hermosa, pero con achaques”, admite la periodista Florencia Sciutti, que la conoció como local del PTS y hoy la recorre como editora de La Izquierda Diario.
Que hoy haya menos gente por la pandemia aumenta la sensación de estar atrapado en el tiempo: no se escuchan ni el clásico bullicio de redacción, ni el griterío de un debate acalorado. Sí los programas radiales o televisivos que se transmiten vía streaming desde sus estudios en planta baja. También, los pasos sobre la madera crujiente, el golpe de una ventana que no cierra.
El espíritu de la vieja casa está intacto y se hace escuchar a través de los pasos sobre la madera crujiente o el golpe de una ventana que no cierra. Foto Lucía Merle
La leyenda dice que en la Casa de la Palmera hay fantasmas. “Los caseros, un hombre de más de 50 años y una chica de 20, que nunca supe si era la hija o la sobrina, decían que escuchaban el llanto de Elisa, o que la veían pasar”, cuenta el escritor y guionista Guillermo Barrantes, que llegó a la casa en 1994 y pasó un año en ella.
Hay quienes afirman haber escuchado el lanto de Elisa Galcerán, quien murió en 1992, en el sótano. Foto Lucía Merle
En aquel momento, Barrantes era vendedor para una sucursal de una tienda de camping de la galería Bond Street. Usó la palmera para colgar algunas carpas, acomodó colchonetas en el piso, puso un cartel. Pero el negocio se terminó antes de finalizar ese año.
“Nadie entendía nada, entre la casa que parecía sacada de una película de terror, las carpas y la palmera -recuerda el autor-. Al final, aproveché para escribir ahí mi primer cuento, ‘La leyenda del invencible’. En ese lugar me sobraba inspiración”. La misma que le atribuyeron para que Julio Cortázar creara el cuento “Casa tomada”. Una conexión que nunca se corroboró.
Manchita es uno de los guardianes de la Casa de la Palmera. Foto Lucía Merle
A Barrantes también le sobraba tiempo, a falta de clientela. “Subí las escaleras y recorrí todos los pisos. Comprobé el mito: varias habitaciones estaban cerradas, tal cual cuenta la historia. Había una que estaba abierta, en la planta alta, con los roperos antiguos llenos de recortes de diario, las camas desvencijadas pero todavía en pie”. No recuerda qué noticias eran, sólo que le dejaron una sensación extraña.
Gervasio retoza sobre el piso de madera sin lustrar. Es uno de los dos gatos que conocen como nadie los secretos de la Casa de la Palmera. Foto Lucía Merle
Hoy no hay tours abiertos al público, aunque un gato negro invite a entrar, asomado a la entrada enrejada. Es Manchita, compañero de Gervasio, que lo espera adentro, acostado sobre el piso de madera sin lustrar. Capaces de meterse en cualquier rincón, quizás sean ellos los ideales para guiar una visita por esta casa que deja ver sólo lo que quiere mostrar.

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