Ciudad
Postales de la vida en la «DISPO»: la pandemia continúa pero se vive casi como si hubiera terminado


En microcentro, los días de semana el tránsito está liviano cerca de las 10. No se ven oficinistas y los colectivos van casi vacíos: dos o tres personas, todas sentadas. Marina no trabaja hoy y sube a un 126 por la avenida Leandro Alem. Por primera vez en meses, saca la Sube y elige asiento mientras graba un audio de WhatsApp. «Es la que va, amiga. Si sabía que esto venía así, me tomaba colectivo antes. Hasta es mejor que el remis, es más aireado», comenta.
La pandemia no se fue a ninguna parte, pero noviembre termina sin los discursos distópicos del Covid-19 como enemigo invisible, con más información sobre el virus y sin aislamiento estricto. El transporte público sigue limitado para los trabajadores esenciales, pero solo hay controles en las estaciones cabecera de trenes y subte. En tanto, los lugares que estuvieron cerrados por meses recuperan algo de su actividad, aunque con los protocolos sanitarios dispuestos para cada caso.
María Sosa (59) tiene hace quince años una peluquería en Laprida al 1300, en Recoleta. “Estar acá es terrible”, dice y señala al interior vacío. Tiene solo tres turnos previstos para todo el día y empezó a hacer tapabocas que vende a $200 para matar el tiempo. “Muchos de mis clientes eran los jóvenes estudiantes del interior y sus visitas familiares, pero ahora se volvieron a los pueblos, y lo que queda es la gente mayor, que tiene miedo de salir”, asegura.
Para otros comercios, las ventas marcan un retorno a volúmenes pre pandemia. “Para mí, ya aumentó la cantidad de gente en la calle, y más o menos hay lo mismo que en marzo”, asegura una vendedora en un quiosco.
En el barrio, hay varios gimnasios. Los de grandes cadenas, están abiertos con estricto protocolo, sin aire acondicionado ni ventiladores. Los más pequeños, de barrio, la tienen más difícil. “Acá solo nos habilitan para que entren cuatro personas a la vez, es ridículo lo que piden”, asegura un empleado de uno de ellos que prefiere no dar su nombre.
Muchos fierreros decidieron continuar la actividad física en los parques. El corredor de la avenida Libertador se volvió uno de los puntos más atractivos. “Empecé a venir en cuarentena y me gustó más”, asegura Claudia Gentile (53), que acaba de terminar el entrenamiento con el grupo de su gimnasio. Cuando se habilitó su regreso, a principios de noviembre, pensó en volver puertas adentro. “Pero no me siento segura en un lugar cerrado y hay que sacar turno, tenés que mantener distancia, y acá al aire libre me encanta. Por lo menos hasta que haga 40 grados voy a seguir”, explica.
A unos metros, un grupo de amigos festeja un cumpleaños. Son siete y cada uno llevó algo para el picnic de mediodía. “Yo uso el tapabocas solo lo imprescindible, porque el otorrino (naringólogo) me dijo que se acumulan bacterias”, cuenta una chica y otra le contesta por qué no lo cambia. Mientras comen, ninguno lo lleva puesto. “Yo solo cuando entro a algún lugar y si hay mucha gente en la calle”, comenta otro. “Igual, medio que ya fue, ¿no?”, interroga una tercera y pregunta si sigue siendo obligatorio usarlo, por ejemplo, mientras se camina en la vereda.
En el AMBA, la curva de positivos diarios continúa en descenso. El pico había sido a principios de septiembre, con alrededor de 5.600 casos diarios, y se ubica ahora en torno a los 1.600. En la Ciudad se mantiene estable con menos de 400 positivos por día. Eso no implica que haya algún tipo de inmunidad comunitaria, que requiere que entre el 60% y el 70% de la gente haya tenido el virus. De hecho, se está lejos: en la Ciudad de Buenos Aires, se contagió al menos el 14 por ciento de la población, según el Ministerio de Salud Porteño.
En tanto, Argentina participa de los ensayos clínicos de tres vacunas contra el coronavirus (Pfizer, Johnson & Johnson y Sinopharm), es parte de la producción de la de Oxford-AstraZeneca y acordó una compra de 25 millones de dosis con Rusia. ¿Cuándo llegarán las primeras? Se estima que entre principios de año y fin del verano, pero todavía no hay ninguna en el mundo que haya terminado los protocolos de pruebas y se esté utilizando.
En la zona de canchas de fútbol tenis de la esquina de Austria y Libertador, Tomás, un profesor de educación física independiente, entrena a dos chicas. “La gente ya volvió a la vida de antes, pero se cuida mucho y hay cosas que cambiaron mucho”, asegura y dice que, un ejemplo, es la cantidad de gente que siguió entrenando al aire libre en vez de volver a los gimnasios. “Para mí, la normalidad es lo que hay ahora y no la vida de antes”, asegura.
En Bayres Gym, en San Telmo, el auge de los grupos de entrenamiento implicó una baja en el número de socios. “Ahora viene la mitad, está muy difícil para todos”, asegura Flavio Rey, el propietario, y cuenta que alguno de los profesores que trabajaban en su salón, ahora prefieren seguir al aire libre. “No me quejo, creo que las cosas van a volver a la normalidad cuando empiece de vuelta el frío”, confía.
Mientras tanto, acondicionó todo el edificio. Abrió un portón para que corriera aire de la calle a la sala de musculatura de 520 metros cuadrados, donde se permite que ingresen unas 47 personas por ahora y además comenzó a dar clases en la terraza para los socios de mayor edad, que preferían estar al aire libre. “Chau, papu”, saluda a uno de los socios, que se retira con el barbijo puesto. Ya no existe lo de ir espontáneamente al gimnasio. Se saca turno antes de ir y se termina puntual.

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