Ciudad
Los relojes de la Ciudad tienen su guardián

Fue una donación de la comunidad británica «al gran pueblo argentino» por el Centenario de la Independencia, e inaugurada el 24 de mayo de 1916 después de cuatro años de construcción. Desde entonces cada 15 minutos suena ininterrumpidamente con los mismos tonos que se escuchan en la torre del Parlamento Británico, en Londres: la Torre Monumental, también conocida por su origen como La Torre de los Ingleses, es una réplica del célebre Big Ben, que está emplazada frente a la terminal de Retiro. Indica la hora con exactitud gracias al trabajo de un equipo de mantenimiento dirigido por Javier Terenti.
Una o dos veces por semana Terenti llega a la torre, sube en el ascensor hasta el quinto piso y luego uno más por una escalera empinada, donde está el corazón del reloj. Comprueba que esté en hora, y si no hace las correcciones del caso, revisa engranajes y lingas, la lubricación de toda la maquinaria, y lo deja funcionando para que todos los que pasan por el lugar sepan exactamente qué hora es.
Javier Terenti es jefe de Mantenimiento de Relojería de la Ciudad.

A veces se meten palomas por los recovecos y quedan enganchadas en alguna polea o rueda dentada y descalibran la sofisticada maquinaria. Hay que desarmar, limpiar todo, lubricar y volver a armar para que vuelva a su ritmo normal. En otras ocasiones es el viento el causante de las alteraciones que sufre el centenario reloj. Terenti ya conoce cada pieza y cómo proceder en cada caso. La mayoría de las partes son las originales, que llegaron de Inglaterra hace 100 años. Y si alguna se llegase a romper habrá que pedirle a un taller que fabrique una igual.
Hasta hace un tiempo había que darle cuerda cada dos días con una palanca que todavía está a mano por si hay algún corte de luz. Ese mecanismo fue reemplazado por un sistema de motores. Tres pesas cuelgan desde el sexto piso: una es la cuerda del carrillón, que suena cada 15 minutos; otra es la del reloj en sí, la que mantiene el péndulo en permanente movimiento, y la última es la que hace sonar la campana mayor cada hora: una campanada a la 1, 12 campanadas a las 12. Las pesas van bajando a medida que pasa el tiempo.
Cuando alguna de las pesas llega a la parte más baja, en el cuarto piso, el motor que la controla se activa y la vuelve a subir para que el mecanismo siga funcionando. Junto a las pesas cuelga el péndulo de 100 kilos calibrado para marcar los segundos con precisión.
El corazón del reloj está protegido por el mueble de madera original, que está barnizado y conservado en perfecto estado.

Un sistema de transmisión y engranajes sale desde el reloj hacia cada uno de los cuatro cuadrantes para hacer girar las agujas, de modo tal que el minutero y la horaria de las cuatro caras de la torre indiquen la misma hora.
En el séptimo piso, subiendo por una escalera empotrada en la pared, están las cuatro campanas del carrillón que suenan cada 15 minutos. Tienen un sistema de poleas y lingas unidos a unos martillos que las golpean cada vez que la máquina se activa un piso más abajo. Suenan con las mismas notas que el Big Ben: 4 golpes de martillo a las y cuarto, 8, a las y media, 12 a las menos cuarto y 16 en las horas exactas.
En el octavo piso está la campana principal que se activa después del carrillón sólo cuando son las horas en punto, con un golpe de martillo por cada hora.

El relojero del reloj de la Torre de los Ingleses. Fotos Andrs Prez Moreno / prensa Ambiente y Espacio Pblico GCBA
La vista desde lo más alto de la torre es una panorámica espectacular. Desde el mirador hacia el cuadrante Norte se puede apreciar la terminal de trenes de Retiro y las vías que se pierden hacia Palermo. Girando en el sentido de las agujas del reloj se ve el vecino Puerto de Buenos Aires y en los días diáfanos se llega a divisar la costa de Uruguay. Otros 90 grados y aparece el Hotel Sheraton, y por último Plaza San Martín y el Edificio Kavanagh.
Es un privilegio que tiene Javier Terenti, este técnico electromecánico que vive en José C. Paz y trabaja en el mantenimiento del reloj desde hace diez años. También atiende el funcionamiento de otros aparatos similares instalados en torres e iglesias de la Ciudad y los que funcionan con energía solar: en total son 60 relojes. Su maestro fue Carlos Caserta, un relojero que le enseñó los secretos escondidos en las paredes de la torre de Retiro antes de retirarse. A su vez, Javier tiene a su cargo dos empleados a los que les transmite sus conocimientos.
Y así será mientras exista La Torre Monumental y su reloj. Y todos los relojes de la Ciudad. Su funcionamiento y sus secretos se van transmitiendo de generación en generación desde hace 100 años, cuando la comunidad británica decidió regalarle una réplica del Big Ben al pueblo argentino.

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