Villa del Parque
Más protección para un clásico: las calesitas porteñas

Aprobaron una ley que regula los permisos y dónde pueden funcionar. Dicen que buscan preservar la “tradición familiar”. Para los calesiteros, la norma ayudará.
Son uno de los pocos juegos que se mantienen en su estado original a través del tiempo. Y en los que la diversión depende de la imaginación. Pero aunque las calesitas forman parte de la tradición porteña, no tenían un marco regulatorio en la Ciudad. Al menos hasta ahora, porque la Legislatura acaba de aprobar una ley que las incluye en el Código de Habilitaciones y regula los permisos para su explotación.
En la Ciudad giran 46 calesitas, 37 de las cuales están en espacios públicos. Y 34 de ellas, en 2007, fueron declaradas patrimonio cultural en los términos de la ley 1227. Pero hasta ahora sólo tenían permisos precarios, que fueron prorrogados varias veces.
La flamante ley incorpora a las calesitas en el Código de Habilitaciones. Y faculta al Ministerio de Ambiente y Espacio Público, la autoridad de aplicación, a otorgar permisos de uso de cinco años, que podrán ser renovados. Los permisos vigentes mantendrán las condiciones en las que fueron dados hasta su vencimiento. Y para dar nuevos permisos habrá preferencia para quienes ya hayan tenido una calesita, con el fin de preservar el carácter familiar de la actividad.
La norma establece nuevas reglas de juego para las calesitas que se habiliten de aquí en más. Sólo se permitirá instalarlas en espacios verdes de una o más hectáreas. Y deberá haber una distancia mínima de diez cuadras entre calesita y calesita, para que no compitan entre sí. Además, los calesiteros deberán pagar un gravamen que será establecido por la Ley Tarifaria.
Los permisos actuales, según la Asociación Argentina de Calesiteros, vencen en 2017. En esta agrupación están de acuerdo con la ley. «Nosotros colaboramos con el proyecto. Tratamos de preservar las calesitas instaladas y lograr que, si alguien quiere poner una nueva, que esté a cierta distancia para que no pierdan rentabilidad las que están en funcionamiento», afirma Carlos Pometti, secretario general de la Asociación. «Igual, la calesita no tiene mucha rentabilidad –confía–. Apenas alcanza para que viva una familia. El precio del boleto es de $ 7 y tratamos de mantenerlo así, pero en el shopping está a $ 15».
Muchas calesitas se fueron perdiendo. Sobre todo las que funcionaban en terrenos alquilados, pero no les renovaron los contratos para hacer edificios. Eso le paso a Tito, el calesitero de Villa Devoto, que finalmente pudo mudarse a la Plaza Arenales. Hace un año y medio, el Gobierno porteño cedió permisos para instalar calesitas en plazas. Pusieron nueve, que ya existían pero se habían quedado sin lugar. Están en el parque Indoamericano (Villa Lugano) y las plazas Terán (Villa Real), Noruega (Belgrano), Mafalda (Colegiales), Solís (La Boca), Don Bosco (Villa Luro), Martín Rodríguez (Villa Pueyrredón), Monte Castro (frente a la cancha de All Boys) y en la de Mataderos.
Nieto, hijo, sobrino y primo de calesiteros, Pometti tiene dos calesitas: la de la plaza Aristóbulo del Valle, en Villa del Parque, y la de la plaza de Pompeya. Esta última era la de su papá y es una de las más antiguas de la Ciudad: data de 1949. «Nací con una calesita. A mí esto me sirve para vivir, pero tengo la suerte de hacer lo que me gusta. Ves al nene que disfruta, pero también están disfrutando el padre y el abuelo. Como es un ambiente donde todo el mundo está contento, es muy difícil pasarla mal en este laburo», confiesa.
La calesita es un juego resiste el paso del tiempo. Tal vez, porque sigue siendo el primer viaje que un niño emprende sin sus padres, con quienes se reencuentra después de cada vuelta. «Para mí su secreto es la imaginación –asegura Pometti–. El nene se sube al avioncito y siente que está en un caza bombardero».
Los calesiteros cuentan que sus clientes más grandes tienen 8 años, cuando antes eran de 12. Y atribuyen el cambio a que los más grandes prefieren los juegos virtuales, que dejan muy poco librado a la creatividad porque tienen imágenes, luces y sonidos realistas. Pero en la calesita, todo es fantasía.
Fuente: Nora Sánchez, Clarín

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