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Villa Devoto

A 32 años del caso que conmovió a Villa Devoto y toda la comunidad. El ingeniero Santos

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El sábado 16 de junio en horas del mediodía, Horacio Aníbal Santos, que por entonces tenía 42 años, estaba en una zapatería ubicada en la calle Nueva York al 4100 con su mujer, cuando escuchó la alarma de su cupé Fuego que se había accionado cuando los delincuentes Osvaldo “Topo” Aguirre y Carlos “Pollo” González le robaron el pasacasete.

Santos, a quien ya le habían robado doce veces en la misma forma, subió con su esposa a su vehículo y persiguió a los ladrones unas diez cuadras hasta llegar a la calle Pedro Morán y Campana. Ellos iban en un Chevrolet Chevy Sedán y lograron alcanzarlos. Cuando esto sucedió su mujer gritó asustada “¡Nos van a matar!”, porque le pareció que uno de ellos buscaba algo en el vehículo, lo que hizo que Santos, sin detenerse, les hiciera dos disparos con un arma que llevaba. El ingeniero era un experto tirador ya que realizaba prácticas en el Tiro Federal. Los ladrones, que no portaban arma alguna, murieron en el acto al ser alcanzados con una bala en la cabeza cada uno.

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 Lo llamaron el «justiciero» y su caso se convirtió en la bandera de muchos argentinos defensores de la «mano dura» y el «vale todo».

Si Santos tuvo algún instante de vacilación no duró más que unos segundos, aunque nunca se sabrá con certeza qué fue lo que le pasó por la cabeza porque después, ante la Justicia, aseguraría que no recordaba absolutamente nada. 

La policía encontró el pasacasete de Santos en el piso del Chevy, entre las piernas de González, que estaba en el asiento del acompañante. La autopsia dijo que los disparos fueron hechos “desde una distancia superior a los cincuenta centímetros”.

“Santos estaba harto de que lo afanen y reaccionó de una forma que no era su manera de ser. Le habían robado doce veces en poco tiempo y se habían metido en su casa”, dijo su abogado, Eduardo Gerome, que fue defensor del brigadier Omar Graffigna en el juicio a los ex comandantes militares por delitos de lesa humanidad.

A Santos lo detuvieron el mismo día del hecho. El justiciero fue encerrado en la vieja cárcel de Caseros, pero una semana después lo internaron en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA). Al principio lo imputaron por el delito de “doble homicidio simple”. El entonces presidente Carlos Menem se sumó a la polémica que generó el caso. ”Yo no sé cómo habría obrado en una situación similar, habría que estar adentro de su piel», declaró el ex presidente entrevistado por el periodista Bernardo Neustadt.

El 26 de julio de 1990 el juez Luis Cevasco dejó en libertad a Santos “al no encontrar mérito suficiente para tener por acreditado, siquiera ‘prima facie’, la existencia de un hecho delictivo del cual fuera en principio autor penalmente responsable”.

La cuestión central pasaba por determinar si había sido consciente de sus actos, había actuado «bajo emoción violenta» o en «exceso de la legítima defensa». 

Sin embargo, la justicia descartó de plano esa posibilidad al entender que «el estado emocional del acusado, efectivamente sufrido, no lo privó ni de la consciencia de sus actos, aunque pudo ella haber estado perturbada»

En 1994 Santos fue condenado a 12 años de prisión por «homicidio simple reiterado», pero en 1995 la Sala I de la Cámara del Crimen, integrada por los jueces Carlos Tozzini, Guillermo Rivarola y Edgardo Donna, revocó el fallo al entender que se trataba de un caso de exceso en la legítima defensa.

En su voto, el juez Tozzini justificó la actitud del imputado al plantear que «reaccionó bajo los efectos de una fuerte descarga emotiva producida por el injusto y sorpresivo ataque a sus bienes de que fue víctima»

«Fue el primer caso de legítima defensa, siempre me encargué de aclarar la diferencia con los casos de justicia por mano propia. Este caso se ajusta a la legítima defensa, que no requiere paridad de armas, sino que no haya una desproporción en la defensa”, explica Gerome el abogado del ingeniero.

Santos recibió una pena de 3 años de cárcel en suspenso por “homicidio en exceso de la legítima defensa”. Nunca más volvió a la cárcel. Ni volvió a empuñar un arma. Ya se jubiló. Extraoficialmente, se supo que el ingeniero siguió adelante con su vida en un barrio cerrado de Nordelta. No obstante, él nunca dio ni una sola entrevista a la prensa. “La última vez que le pregunté si quería hablar del tema me dijo: ‘Si me preguntás de nuevo se termina la amistad”, subrayó Gerome.

El caso del ingeniero Santos, vecino de Villa Devoto se convirtió en un caso emblemático, que con los años se fue replicando con otros nombres y otras historias similares, tales como la del carnicero Daniel Oyarzún o la del médico Lino Villar Cataldo. La polémica sigue abierta y quizás nunca encuentre una respuesta cierta.

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