Villa Devoto
La pasión lo puede, la historia de «el Loco Oriente» y el club General Lamadrid

Devoto es el ying y el yang. Es la gloria o Devoto. Es el chiste: ¿En qué parte de Devoto vivís, del lado de adentro o de afuera? Devoto es el confort de casas refinadas y la fachada de casitas menos ostentosas que rodean el penal. Devoto es el límite con el conurbano. Devoto es eso: un barrio con límites. Hay una cuadra que lo parte al medio como un hachazo quirúrgico. Son escasos metros de frontera, una sutileza; y, a la vez, un abismo. Devoto discurre también en esos cien metros a lo largo de Pedro Lozano al 4900. Ahí es Lamadrid o la cárcel, depende si se mira hacia la derecha o hacia la izquierda. Dos emblemas de cemento, espalda con espalda, vinculados simbióticamente. Devoto se teje con las historias que se cuentan entre presos e hinchas. El amor. El odio. Lo visceral. Porque Devoto, en ese sentido, no tiene límites.
La historia cuenta que a finales de los años 60, un recluso de nombre Mario Oriente cumplía en Devoto su segunda condena. La primera por falsificación de bebidas alcohólicas y contrabando. La segunda, por agredir a un comisario en una pelea. Y en eso, aferrado a los barrotes de la pequeña ventana de su celda de la cárcel, Mario Oriente descubrió el humilde club de barrio, justo enfrente.
En esa especie de palco VIP tumbero que era su calabozo con vista a la cancha, “El Loco Mario”, como lo conocían en su ambiente, se enamoró de los Carnavales, de los partidos amateurs en campo de tierra y de la vida social del único club del mundo construido al lado de una prisión
Marcelo Izquierdo, en su libro “Carceleros” (Aguilar, 2015), escribió: “Desde su celda, desde su rutina eterna, Mario lograba ver una parte de la cancha, el buffet donde se reunían los socios y las instalaciones al aire libre colmadas de niños. (…) Con el tiempo, llegó a conocer de memoria los movimientos internos del club, su gente y su vida. Y esperaba ansioso los sábados para observar los partidos del equipo. (…) Mario era hincha de Boca, pero Lamadrid pasó a ser su pase libre al futuro”. Mario Oriente pudo ir por primera vez a la cancha de Lamadrid en 1970. Se hizo socio. Se hizo parte del club. Lo empezaron a conocer, dice Izquierdo, como el “Loco Lamadrid”. Mario Oriente, que desde entonces no se perdió ningún partido hasta su muerte en 1980, inventó su paso a la posteridad. A pedido Enrique Sexto, ex presidente que le da nombre al estadio, escribió la letra del himno de Lamadrid..
Oriente tuvo un flechazo con Lama. Hasta entonces era conocido en su ambiente como un tipo peleador, guapo, pero con códigos “de los de antes”. En una de esas peleas detuvo con la mano el caño de un revólver, pero no pudo evitar el disparo. La bala le quedó incrustada entre los nudillos y nunca se la quitó. Desde ese día, cada golpe de “El Loco Oriente” era un balazo a la mandíbula de su ocasional oponente.
La idealización del club le hizo cambiar al “Loco Mario” su vida. Y las ganas de pertenecer a “Lama”, al que solo conocía desde su celda, le hizo prometerse a sí mismo y a su esposa, América, que dejaría para siempre su vida de tropelías.
Acodado en su cama de la prisión, le escribió un poema a su esposa, que dice: “A vos dulce compañera/con respeto y emoción/te entrego mi corazón en estos versos escritos/ que no tienen otro motivo de algún famoso poeta/Pero quiero que vos sepas/que al hacerle mi intención/te entrego mi corazón/en mi pluma de poeta/Todo el amor que el purrete/le procesa a su papá/es obra de esa mamá/de esa buena compañera/ella que espera con pena/ansiosa mi libertad/sigue con lealtad/con paso firme y serena/que se rompan las cadenas/que atan su felicidad/. América que en este día/en que yo cumplo otro año/digo bien y no te engaño/prometo hacerte feliz/no cometeré el desliz/que pueda a vos mancillarte/Viviré para adorarte/pongo como testigo a Dios/te lo juro por el Mario (su hijo menor)/que es un cacho de los dos”.
Mario cumplió su promesa. A fines de los 60 salió de prisión, se mudó a Villa Devoto y entró por primera vez al club. Desde ese día su vida cambió. Lamadrid fue, junto con su familia, el punto de partida de su resocialización. Fue socio, luego miembro de la comisión directiva, bufetero y parte vital de la vida social del “Carcelero”. En poco tiempo, Mario se convirtió en el alma de los Carnavales. El mundo del delito pronto quedó en el pasado y empezó a trabajar como taxista.
Sus viejos allegados dejaron de llamarlo “El Loco Mario” y lo rebautizaron “El Loco Lamadrid”.

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